
Diversos estudios, incluidos los respaldados por la Brain & Behavior Research Foundation, han establecido que las alteraciones del sueño constituyen un predictor robusto de la severidad de la depresión, los trastornos de ansiedad y las conductas autolesivas en población preadolescente.
Esta relación se explica por la existencia de circuitos neuronales compartidos entre la regulación del sueño y la regulación emocional. Cuando estos circuitos se ven comprometidos por una arquitectura del sueño deficiente, se produce una disminución de la capacidad de modulación afectiva, un incremento de la reactividad emocional y una mayor vulnerabilidad ante el estrés.
Desde el punto de vista clínico, esto tiene una implicación relevante: el insomnio no debe entenderse como un síntoma secundario, sino como un factor de riesgo modificable. Las intervenciones específicas sobre el sueño han demostrado eficacia en la prevención y el tratamiento de cuadros depresivos y bipolares, lo que posiciona a la higiene del sueño y a las terapias del sueño como elementos centrales en los protocolos de intervención temprana en salud mental infantojuvenil.
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